Era la noche del 20 de mayo, y nos encontramos entre amigos... Como dice la sabiduría Mapuche: si escalas montañas te vas a encontrar con los pocos que miran desde arriba o estarás solo... si desciendes a los valles, a compartir el dolor y el camino con el pueblo que camina en las calles, serás parte de una familia grande...
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| La "Resurrección" de Adolfo Pérez Esquivel pintura sobre las dictaduras en Latinoamérica. |
La marcha del silencio da lugar a la pregunta:
- ¿Dónde Están?
Y nos da la posibilidad a TODOS de elegir nuestro lugar:
- En la cima de la montaña, junto a los que se creen Dios decidiendo quien nace, quien vive con derechos, quien sobrevive esclavizado, quien debe morir...
- En la indiferencia ante los que no considero mis familiares...
- En ser parte de una misma Familia humana, caminando juntos por las calles, y poner en práctica el Padre Nuestro, que es que: TODOS somos HERMANOS hijos del mismo Padre y Madre de la Vida...
olvidar al hijo de sus entrañas?
Pues aunque ella se olvidara,
yo no te olvidaré.”
Isaías 49, 15
Hermanas y hermanos: Estamos aquí. Otra vez. Como hace treinta años, y estamos en esta Parroquia Universitaria como desde hace mucho tiempo. Con estas fotos, con estos nombres que nos negamos a dejar morir.
Hacer memoria no es un acto sentimental. Es un acto teologal. El Dios de la Biblia es un Dios que recuerda (que recuerda a su pueblo en Egipto, a los pobres, a los muertos).
Hacer memoria es participar de la naturaleza de Dios. Y la resurrección (ese corazón del Evangelio) no es fuga del pasado sino su transfiguración. Las heridas de Cristo resucitado no desaparecieron. Quedaron. Porque la verdad no se sana borrándola. Se sana mirándola. Los desaparecidos no son historia. Son presente. Están aquí.
Nos quisieron convencer de que algo habrían hecho. Mentira. En nombre del Estado uruguayo, del Estado argentino, de los Estados del Cono Sur que se aliaron en la infamia —hombres y mujeres fueron arrancados de sus casas, de sus hijos, de la vida. Se prestaron los sótanos. Se compartieron los nombres. El terror fue un proyecto regional, coordinado, financiado. No les pasó a ellos. Nos lo hicieron a todos. Hay una teología del poder que convierte al ser humano en prescindible. Que usa el nombre del orden —a veces hasta el nombre de Dios— para justificar el crimen. Es la misma teología que crucificó a Jesús. La misma que siempre llama subversivo al inocente y prudente al cómplice.
Y ese crimen no terminó. La desaparición no es solo un acto físico —es una teología del olvido. Dice: este cuerpo no importa, este nombre puede borrarse. Y nosotros respondemos con la teología de la encarnación: cada cuerpo es sagrado. Cada nombre, eterno. Ninguna vida es prescindible ante Dios.
Treinta años. Distintos gobiernos. El pacto de silencio sigue en pie. Es lo que la teología llama pecado estructural —el mal que ya no necesita malas personas para perpetuarse, porque está tejido en las instituciones y en los silencios de los que tienen poder. La reconciliación cristiana no es amnesia. Es encuentro en la verdad. No hay paz sin justicia —y eso no lo inventamos nosotros. Lo dijo Isaías. Lo dijo Amós. Lo dijo Jesús.
Pero esta noche no venimos solo a nombrar lo que duele. Venimos por amor. Un amor que aprendimos de las madres. De las que salieron a buscar cuando todo el mundo miraba para otro lado. Ellas no sabían que estaban haciendo teología. Pero la estaban haciendo. Vivían lo que los teólogos llaman amor gratuito —el que no cede ante la conveniencia, el que no acepta el “suficiente”. El amor que más se parece a Dios.
Hoy ya casi no quedan madres. Las hemos ido despidiendo, año tras año, con el corazón partido. Pero quedamos nosotros — hermanos, sobrinos, nietos, ciudadanos que nunca los conocieron. La Iglesia —toda iglesia que merezca ese nombre— es esto: comunidad que recuerda a los ausentes, que ora por los muertos, que exige justicia por los caídos. Lo llamamos comunión del pueblo santo de Dios: los que amaron y fueron amados siguen siendo parte del cuerpo vivo de este pueblo. Los desaparecidos nos siguen pariendo.
Que no sueñen —los que apuestan al cansancio— que no sueñen con que algún día dejaremos de venir. Aquí estaremos. Y mientras caminamos en silencio, oramos en letanía —esa forma antigua y obstinada de decir la verdad en voz alta hasta que el mundo la escuche. Nunca más el Estado convertido en cazador de su pueblo. Siempre la luz tenaz de las que no dejaron de preguntar dónde están. Nunca más el pacto entre los que saben y callan. Siempre el rostro del otro como mandamiento.
Aquí estaremos porque hay un Padre que tiene a cada uno grabado en la palma de su mano —en el antiguo oriente, grabar un nombre en la palma era el gesto del que no quiere olvidar jamás. Un Padre que estuvo en el sótano oscuro, en el frío, en el cuerpo roto. Un Padre que no firma pactos de silencio. Aquí estaremos porque hay un Hijo que también fue secuestrado. Detenido de noche. Torturado. Dado por muerto. Y que resucitó —no para borrar las heridas sino para glorificarlas. Por eso cuando nombramos a los desaparecidos, estamos haciendo pascua.
Aquí estaremos porque hay un Espíritu que sopla donde quiere y nadie lo detiene. El que aleteaba sobre el caos en el Génesis y hacía vida. El que sostuvo a esas madres en la larga noche de la búsqueda. El que hizo decir al profeta: “aunque ella olvidara, yo no te olvidaré.” El Espíritu que no habita en los palacios del poder sino en la plaza, en la voz que se niega a callar. Los desaparecidos están en manos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En manos del Dios que es comunidad y relación — y que por eso entiende lo que es ser arrancado de los propios. En esas manos —las que hicieron el mundo, las que fueron clavadas, las que avivan el fuego— ningún poder podrá borrarlos.
Porque nuestro silencio esta noche es liturgia. Porque la memoria es una forma profunda del amor. Porque aquí —aquí— estamos. Nunca más. Y siempre. Hasta que aparezcan. Hasta que sepamos. Hasta que el amor tenga la última palabra.
¡Que aparezcan!
¡Nunca más!
¡Amén!




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