sábado, 4 de agosto de 2018

Volver a Bolivia, volver a la esencia

Una vez más he vuelto a cruzar las dos fronteras que nos distancian de Bolivia. Esta es mi sexta vez, y probablemente una de las más intensas y movilizadoras. 

Antes y durante el viaje, cargué con la pregunta: ¿Por qué será que vuelvo tanto? ¿Qué es lo que tiene ese lugar que me atrapa tanto? ¿Cuál es mi búsqueda? Aquí estoy tratando de descargar el equipaje y responder. 

No creo que haya algo único, tampoco todo se puede conocer ahora. “Hace falta una vida para saber vivirla”. Pero me animaría a nombrar al menos dos cosas que me cautivaron: la hospitalidad y el silencio.

La hospitalidad

No conozco otro lugar donde la hospitalidad se haga con tanta pasión y cuidado como en Bolivia. Por supuesto que cuanto más humilde es la casa, más se da esa entrega, así como lo hizo la viuda del Evangelio. En Bolivia hay mucho “Dios que recibe”, mucho abrazo fraterno, desde prestar la cama para dormir en el suelo, hasta construir un cuarto totalmente nuevo para recibir a la visita.

 No hay forma de escapar a tal abrazo, el guaraní comparte lo mejor que tiene, no se guarda nada para mañana, porque solamente piensa en el mañana cuando está por recibir las visitas. Después es todo fiesta, casa abierta, puesta en común, generosidad extrema.




El silencio
En las comunidades guaraníes, el silencio es más importante que la palabra. Quizás por mi forma de ser silencioso y callado, siento que me adapto fácil a esa forma de vivir. Aunque para mí el desafío está también en contactar con el silencio interior. 

Me sorprende haber cultivado tantas amistades solamente compartiendo un mate, una comida, y mucho silencio. Tengo la sensación de que son amistades que no se darían tanto en Uruguay, donde la palabra es a veces exigencia para formar algun vinculo, hace falta “comunicarse”.


Silencio, casa abierta, patio común, fogón, hospitalidad, vida en comunidad. En Bolivia encuentro mucho de todo eso, y no necesito mucho más.

Vivir con más tiempo, esto es, dedicar más tiempo a los encuentros, al compartir, a reunirnos aunque sea en silencio, al mismo silencio. La vida se vive mejor cuando hay tiempo para dar y tiempo para recibir, sin poner la mirada en un lado o en otro, sino en ambos. Porque siempre la dinámica es de dos direcciones, aunque no nos demos cuenta. Y si nos inclinamos por algún lado después perdemos lo que el otro está sintiendo, porque la mirada del otro/a vale para completar la nuestra.

Será tiempo entonces de volvernos un poco más libres, mientras aprontamos las mochilas para el siguiente vuelo.

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