jueves, 24 de octubre de 2019

DOMINGO 27 DE OCTUBRE - Lucas 18, 9 - 14 - en clave misionera.

Cuando compartíamos la vida con los guaraníes en Bolivia, llegó un misionero del norte. El hombre tenía un ritmo acelerado  y era un hacedor. Inmediatamente puso la mirada en las cosas que les faltaban a los indígenas.

La escuela era un rancho de terrón con insuficientes bancos. El misionero hizo inmediatamente un proyecto a Advenía para financiar una escuela nueva. La salud pública, era muy precaria en el campo, cada tanto pasaba un equipo móvil del hospital. Entonces el misionero pidió voluntarios enfermeros y doctores que quisieran venir a misionar para mejorar la calidez de vida.  Y por supuesto que al no haber templo, el mismo, contratando a algunos hombres de la comunidad, comenzó a construir un grandioso templo…

La llegada del misionero causó un revuelo grande en la región… Por un tiempo… Porque a los dos años el misionero sufrió un paro cardiaco por el stress y se tuvo que volver a su país. La mayoría de las obras quedaron sin concluir… Y todo volvió al ritmo normal en las comunidades… La verdad, que este misionero no quedó en la memoria ni de los abuelos, ni de los niños. Trabajo mucho, quedaron sus ladrillos… Pero su carácter fuerte, con un aire de autosuficiencia, lo hacía tener por menos a los del lugar. Los consideraba flojos para el trabajo y les decía que eran como cangrejos ya que no progresaban...

En la misma región, estaba una comunidad misionera de hermanas religiosas. Su estilo de vida las distinguía de la gente del lugar solamente por el color de la piel un poco más blanca. Ellas desde hace muchos años fueron invitadas a participar de la organización indígena.

Aportaban en la salud, incluyendo la medicina natural que les fueron enseñando. En la educación apoyaban al maestro indígena comunitario. Y en lo religioso participaban de los ritos espirituales de esa cultura, y la vida de las religiosas despertaba la pregunta de ¿quién sería su Dios, que las hacía tan cercanas, respetuosas, serviciales y alegres?

Ellas decían una vez que las encontré, y compartimos unos poros (mate) con queso:
- “Poco hemos hecho, mucho hemos aprendido, y creo que en los años compartidos  los niños  y los jóvenes, van mejorando su autoestima y van desarrollando los dones recibidos, en bien de todos. 
A su modo, a su ritmo, que es un ritmo según las estaciones, según el tiempo, según el otro. Damos gracias a Dios por habernos tejido con esta cultura… 
Realmente nos cuesta cuando vamos a la ciudad y nos topamos con el endiosamiento, del trabajo, del estudio, de la limpieza... para consumir más cosas materiales, sin tiempo para la pausa, sin tiempo para el encuentro humano…”

Nacho

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