sábado, 8 de agosto de 2015

DARSE Y ENCONTRARSE


Encontrarse es darse. Con aquellos que buscamos encontrarnos intentamos darnos y recibir de ellos algo que nos es necesario. Los otros forman parte importante de nuestra vida y es por ello que asumimos un compromiso de ser parte de la suya. Al darnos nos sentimos fecundos pues damos lo mejor de nosotros: nuestra propia vida. Dar la vida es lo que más nos plenifica ya que quien se cierra a esta posibilidad se ahoga en su propia soledad. Darse es comunicar aquello que vibra en nosotros y nos sostiene en pie cada día, que nos lleva a jugarnos la vida por otros. Los otros son en sí mismos al sentirse acogidos en nosotros, y cada quien se siente propiamente un ser especial al darse, con la satisfacción de saberse aceptado.

Darse es encontrarse. Es cuando me veo a mí mismo en el otro, como en un espejo, aún con las diferencias, pero basta unos minutos, unas palabras, un gesto, un abrazo, para saberme encontrado en la vida de otro. Al darme me encuentro en el otro y descubro que mi vida es muy similar a la suya, que mis luchas son sus luchas, que mis sueños son mis sueños, que mi felicidad es su felicidad. Darnos implica jugarnos por una autenticidad que no encontraremos en el mezquino miedo de quedarnos encerrados. Puedo estar rodeado de gente y hablar con ellos, pero eso aún no es darse. Darse es asumir que en el otro hay algo de mí mismo, que su vida es mi vida. Allí radica el verdadero sentido del encuentro.

Así vivimos -desde lo que sentí- el encuentro en nuestro nuevo hogar el pasado 6 de agosto. En la sorpresa de los que no sabía que venían y los saludos de los que no pudieron venir nos encontramos para inaugurar nuestro nuevo “nido de colibríes”. Nido que resguarda el encuentro de dos personas -Rossina y yo- que cumplimos ya cuatro años de aquel día que decidimos juntos aventurarnos en la carrera del matrimonio. Un día nos encontramos y otro día decidimos darnos mutuamente a Dios para que sea el guía de nuestro caminar hacia él. Y junto a la llegada del pequeño Juan Pablo (hoy ya en su propio cuarto...) comenzamos esta aventura de encontrarnos y darnos en el amor. Junto a los Colibríes celebramos la fiesta del encuentro en este nuestro lugar actual y momentáneo, en el mundo. Desde aquí construimos cada día nuestra pequeña familia que se nutre de la familia más grande de los Colibríes y de otras comunidades.

Desde este sentimiento nos encontramos a la luz de la Palabra de Dios que nos invitaba a compartir esos momentos de “Transfiguración” que estamos viviendo en nuestras vidas, ya que, aún en la difícil rutina y la compleja cotidianeidad, siempre hay momentos de luz, de paz, de encuentro fuerte con Jesús, “en las alturas”. Aún en las mareas y tormentas, aún en el dolor de la pérdida el Señor viene a encontrarse con nosotros. Por ello compartimos, desde lo que cada un vive, nuestros momentos de transfiguración.

Desde las situaciones donde experimentamos miedo por la falta del sustento necesario por falta de trabajo, o la falta de un sentido por el cual estudiar, es que experiementamos la cercanía de otros “Jesús” que se acercan para ayudarnos en la solidaridad. La mano amiga que sostiene, la voz del hermano que alienta nos ayudan a seguir en el camino sin desesperar y quizá descubrir una nueva presencia de Dios. Desde la dureza de la ruptura de un proyecto de vida con otro o la pérdida de un ser querido cercano, nos sentimos débiles y necesitados de hermanos que nos sostengan. La experiencia de arriesgarse a cambiar de “choza” para renovar la vida, como la oportunidad de viajar a remover las raíces desde las que venimos para conservarnos y proyectarnos hacia el futuro, nos aventuran a seguir creyendo en la imprtancia de la vida y nos ayudan a valorar lo que vivimos cada día. El cambio de trabajo, un viaje con hermanos, las ganas de conocer aquello que otros vieron, nos dan la plena seguridad de que es Jesús quien lleva nuestra barca hacia donde él quiere, y nos tranquiliza de que todos vamos juntos en ella.

 Y fue así que nos encontramos en nuestra casa y nos unimos en un mismo pan. Pan amasado por las manos de mi esposa y por las manitos del pequeño Colibrí Juan Pablo. Nos sentimos unidos, nos encontramos y nos dimos de comer mutuamente. ¡Y qué rico somos!, decía Erik, con gran verdad. Las cosas sabrosas de la vida son aquellas que nos enseñan la verdadera sabuduría. La sencillez y la solidaridad nos acercan al Dios que creemos que se hizo hombre y vivió como hombre, que visitaba las casas y se hacía presente. Así Jesús vino a nuestra casa y sentó a la mesa con nosotros y comió con nosotros. Todo lo que venga después de esto es otro cuento. Como escribió Rossina: "Con gente como ésa, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí, me doy por bien retribuido." (Mario Benedetti).

Diego.





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