UN PRESO DE SU HISTORIA
QUE FUE LIBERADO POR JESÚS Y SUS COMPAÑEROS EN LA FAZENDA
Hace un tiempo llegó a la Fazenda de Cerro Chato, un muchacho muy enojado con la vida. Sufría profundamente el divorcio de sus padres. Intentó crear su propia familia y ya a tenido varias roturas amorosas, con un hijo con una de esas novias que tuvo.
Le costaba mucho entrar en la propuesta de la Fazenda de trabajo, comunidad y espiritualidad. Los trabajos los hacía, pero obligado. En la vida en común buscaba el mínimo de relación y con algunos no hablaba ni una palabra. Las prácticas espirituales propuestas eran una boludes para él.
Se quería ir, pero sabía de dónde había venido… Estaba haciendo mérito para que lo corrieran y culpabilizar a otros de su salida… Recuerdo que le propusieron hablar conmigo, que era uno de los curas que íbamos a la Fazenda. Acepto, pero no de muy buena gana.
Nos sentamos bajo los árboles y él tenía un rostro de enojado. Para romper el hielo, le hable sobre la camiseta de fútbol que vestía, diciéndole que su equipo andaba muy mal, que tenía que rezar para no descender.
Justo su equipo, habían perdido el clásico y me respondió enojado, culpabilizando a los jueces. Me decía que si él fuera el director técnico hubiese puesto a tal jugar y sacado a tal otro. Y para rematar afirmaba que todo se mueve por dinero…
Yo lo escuchaba y sonreía, algo que no le caía muy bien a él. Hasta que me dijo que no creía en Dios.
¿Por qué? le pregunté. A lo que me dijo unas cuantas razones de injusticia, de dolor, en el mundo y después en su vida personal.
Como hacía calor, se acercó a nosotros otro muchacho, con una botella de agua fría y dos vasos. El muchacho caminaba con dificultad porque tenía una pierna ortopédica. Le agradecí, sonrió y se fue.
Soplo un viento y nos envolvió el olor del chiquero de los chanchos. Levantamos la vista y había dos compañeros lidiando con los bichos.
Uno de ellos era de pocas letras criado en el INAU, con su padre preso por violencia doméstica y abuso sexual. Este se reía a carcajada, intentando enseñar a su compañero que había venido del barrio Carrasco de Montevideo; el cual sentía asco y miedo de tocar los chancho. Era un chef de primera sin nunca haber visto una gallina caminando. Si sus padres lo vieran embarrado entre los chanchos, se mueren de un infarto.
Mi compañero de charla seguía centrado en sí mismo, preso en su historia… Ahora se quejaba de las mujeres, que todas andaban detrás de la plata. Y con tanta mala suerte vino una abeja y lo picó en el cuello donde tenía un tatuaje de un bicho bien feo. Confieso que casi me río, pero apreté los labios y le acerque al cuello una piedra fría que tome del suelo.
Nos volvimos a sentar y él estaba en silencio, sosteniendo la piedra en su cuello, que le calmaba el dolor. Y se acerca uno de los muchachos que esperaba su primera visita el primer fin de semana del mes próximo a mostrarme algo.
Había hecho una cruz tallada en madera, para regalarle a su mamá, que según él no era creyente y tenía problema de depresión, desde el suicidio de su esposo por deudas en su empresa, el cual había sido su padrastro.
Nos llaman para ir a celebrar la misa, el relato bíblico era el mismo de este fin de semana. Juan estaba preso, y duda si Jesús era el salvador esperado. Jesús no va a verlo, ni a liberarlo... y le manda decir que:
- mire hacia afuera de su cárcel... que mire hacia galilea, hacia las periferias… como hay ciegos que comienzan a ver el bien... gente que estaba paralizada da pasos... otros considerados leprosos se sienten perdonados... algunos que no escuchaban a Dios se sienten amados... personas que sobrevivían al borde de la muerte comienzan a vivir... todo esto es buena noticia para los considerados pecadores, para los pobres...
Después que Jesús lo invita a Juan a descentrarse de si mismo, a mirar hacia las periferias y ver cómo Dios está actuando en otros, Jesús comienza a hablar sobre todo lo bueno que ve en él.
Entonces en la homilía, invité a los muchachos de la Fazenda si alguno quería dar gracias por lo que Dios estaba haciendo en su vida… Pa, los testimonios fueron muy fuerte… Para ninguno el camino era fácil, e incluso alguno contó que necesito tener una grave recaída para darse cuenta que Dios lo Amaba y le seguía dando la posibilidad de estar vivo, para hacer algo bueno por los demás. Lagrimeando agradeció la paciencia, la misericordia y el amor que habían tenido con él.
En el saludo de la paz, el muchacho con quien habíamos hablado se retiró un poco para no saludar, ni ser saludado.
Al final de la misa, vino el almuerzo, le tocaba a él la cocina, le tocaba servirnos. Después que culmine el arroz con hamburguesa, se acercó y me preguntó si quería repetir. Le dije que ya era suficiente, le agradecí… y vi en su cara una sonrisa… algo había pasado en él, que no eran necesario palabras para decirlo… Ese día me fui feliz de la Fazenda.
Después tuvimos otras charlas en su año de caminata. Siempre comenzaba contándome algo de lo aprendido o alguna ayuda que le había dado a un compañero. Recuerdo que cuando recibió el diploma, al culminar su año, se emocionó, y agradeció a Dios porque lo había sanado de su rencor, agradeció a cada compañero el testimonio de lucha y fe que le transmitieron. Agradeció a su madre, diciéndole que era la mujer más maravillosa de esta tierra…
Y culminó diciendo que le deseaba lo mejor a su padre que no había conocido, y no sabía nada de él, que le pedía a Dios que lo perdonara y le diera una nueva oportunidad en el amor. A su hijo con 4 años que sostenía en sus brazos, lo miró y dijo: la vida es el regalo mayor que Dios nos ha dado. Todos aplaudimos.


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