lunes, 24 de marzo de 2014

Hacer una fiesta es celebrar aquello que no se quiere olvidar nunca. Erik

Reflexión sobre el Areté Guasú
Margot Bremer
                                                    Sta. Teresita, 2 a 4 de marzo 2014
                Por fin, pude participar en la gran fiesta del Areté Guazú a la cual la comunidad guaraní occidental me había invitado ya desde hace 22 años a raíz de los encuentros de chamanes nivaclé en los que participé desde entonces en este lugar bicultural de Sta. Teresita del Chaco paraguayo, a 3 km de Mariscal Estigarribia. Hacer una fiesta es celebrar aquello que no se quiere olvidar nunca. Es una actitud profundamente  humana con la que se quiere sobrepasar la realidad cotidiana de la vida, penetrando en una dimensión más espiritual que condensa el tiempo y el espacio. Una de las preguntas más existenciales es ¿qué  ocurre con nosotros después de nuestra muerte. ¿Dónde estaremos? ¿Dónde están todos nuestros seres queridos que ya se han ido de este mundo? Les añoramos entrañablemente y, desde su ausencia sufrida, surge el hondo deseo de reencontrarnos con ellos, aunque sea de otra manera que antes y por un momento limitado. Pues la alegría de vivir será solamente completa si no hay dolor ni duelo. Si este  deseo está palpitando en toda la humanidad, será un anhelo inherente a nuestra existencia. Y aunque la utopía (ou topos) es quiere decir “aún no hay lugar” en esta tierra,  esto no excluye la posibilidad de crear un lugar, una posibilidad de un re-encuentro, a través de la celebración.  

El Pueblo Guaraní
                Para los guaraníes, como para la mayoría de los pueblos originarios, el maíz (avatí) es la base de su alimentación, por tanto es  una planta sagrada1. Muchos Pueblos indígenas suelen celebrar una gran fiesta después de una buena cosecha de avatí con la cual quieren rendir su agradecimiento al creador de la vida por la abundancia de alimento. Eso se expresa en primer lugar mediante la práctica de una justa distribución de la copiosa cosecha, renovando y asegurando de este modo la unidad en la comunidad. Es probable que esta fiesta anual de larga tradición, a causa de sus múltiples repeticiones en diferentes circunstancias históricas, haya sufrido y gozado modificaciones, mejoramientos, añadiduras. Es siempre un signo de vida ya que las circunstancias cambiantes en la historia exigen relecturas, explicitaciones, añadidos, actualizaciones, etc. Además ese dinamismo creativo es algo específico de los pueblos guaraníes los que interpretan el sentido de la vida como un permanente estar en camino (oguatá).

La fiesta Areté Guasú
                Por tanto no extraña que a lo largo  de los siglos, a la celebración de la plenitud de vida, en concreto la abundancia de alimento con el maíz cosechado y distribuido, se haya añadido la fiesta del re-encuentro con los difuntos. Para la plenitud de la felicidad faltaba la presencia  -aun limitada- de los seres queridos, aparentemente desaparecidos para siempre  de su convivencia. Estar unidos con aquellos que habían sembrado vida, cultura e identidad con su modo de ser, vivir y actuar día a día en la convivencia comunitaria, sería la culminación de su felicidad. La celebración del Areté Guasú entre los guaraní occidentales en el Chaco, ha intentado a lograr esta simbiosis.
                Areté quiere decir “tiempo verdadero”, la fiesta es el tiempo y el espacio auténticos, el que se quiere anticipar en la celebración. De esa manera, el Areté Guasú transmite un profundo sentido de la vida. En medio de la intemperie, la lucha y las adversidades cotidianas, con la celebración se quiere entrar en la verdadera realidad de la vida: en su plenitud y eso significa felicidad y alegría. El encuentro con los seres queridos ya difuntos es una parte importante de esa felicidad.  El Areté Guasú ha conseguido unir estos dos extremos de nuestra vida: la unión comunitaria entre los vivos y con los seres queridos difuntos los que  quedaron presentes en la memoria por su abundante siembra de  tanta vida entre los suyos.
                Los guaraníes occidentales, provenientes de los Andes bolivianos, se habían instalado en el Chaco después de un  largo contacto cultural con el pueblo arawak, llamado chané, procedente del Amazonas y asentado desde hace muchos siglos (¿milenios?) en la región andina del actual Bolivia. Con gran  sabiduría, propia de ellos, habían elaborado el Areté Guazú que hasta hoy día les ayuda a renovar y revitalizar hondamente  su  identidad  guaraní,  como ellos mismos dicen.   
                El origen hay que buscarlo en la fiesta de una buena cosecha del maíz lo que les une con todos los demás pueblos guaraní que lo solían celebrar con danza comunitaria y con mucha chicha, una bebida fermentada que extraen del maíz. Lo que sobra de los granos avatí, antes se tiraba entre los danzantes de la fiesta, expresando la abundancia, lo que hoy queda reemplazado por espuma blanca distribuida por un spray. La chicha siempre se da gratis para expresar el agradecimiento de manera espiritual en reciprocidad a nivel económico. Hoy se añade la venta de cerveza y gaseosa como adaptación a nuevos tiempos y civilizaciones.
                Así como ocurre en cada cultura, en la fiesta se rompen las barreras establecidas por la sociedad. La chicha debe estimular este proceso durante esos tres días. El Areté Guasú suele comenzar con una procesión – hoy al salir de la misa- para estacionarse delante de la casa de una familia de la comunidad. Allí el cacique da la bienvenida a todos y todas, los de la comunidad de Sta. Teresita, vivos y difuntos, los familiares que vienen de lejos, y también las familias nivaclé y manjui vecinas así como a los visitantes “blancos”. Con esas palabras de inclusión se expresa su verdadera visión holística, siempre en proceso de construir la comunidad cósmica. De repente aparecen los agueros (los que vuelan, pájaros) del monte; con rostro cubierto por una máscara, ellos representan a los difuntos de la comunidad.  A menudo en la figura de algún pájaro, otras de fieras selváticas del Chaco o de demonios cristianos.  Todos bailan en círculo al son de tambores y flautas de los incansables músicos.


El Curuzú, origen y destino de nuestra vida
Antes de continuar la procesión, en medio del camino, se realiza el encuentro con la cruz, el curuzú, adornado con flores y terminado por un círculo que engloba a los cuatro extremos de la cruz, señalando lo holístico, lo interrelacionado, origen y destino del mundo, símbolo que invita a reflexionar para interrelacionar coherentemente la vida  cotidiana. Señala los cuatro puntos cardinales que orientan el caminar guaraní en esta tierra, creada por  sabiduría divina. Hacer memoria del plan originario del Creador, orienta el sentido de la fiesta: los participantes están convidados a continuar el camino indicado por el curuzú de unión cósmica,  presente también en la convivencia con flora y fauna en la naturaleza. Llegados a la gran plaza, se re-inicia el baile. Después de un pequeño descanso, recomienzan siempre unos cuatro o cinco que contagian con su alegría a los demás que rápidamente se insertan en el círculo, ampliándole. Hay dos maneras de bailar: una en círculo, otra en pareja a dos o cuatro, formándose como radios de una rueda. Esta danza queda dinamizada por los agueros  que se ocupan a dar abruptos cambios de dirección en la ronda. Toda esta fiesta  se distingue por una gran espontaneidad y poco ritualismo. Siempre están presentes las dos dimensiones: la espiritual-religiosa y la ”secular-material”, separadas en nuestra cultura occidental. Pues con la fiesta no quieren alejarse de nuestro mundo hacia otro más transcendente, sino al contrario: quieren  palpar lo transcendente aquí en nuestro mundo.
                La lluvia y el barro no son impedimentos para festejar, al contrario: bailar descalzo embarrándose en la lluvia, ayuda aún más a salir de los esquemas impuestos por la sociedad. Este año había algunos jóvenes incluso que se revolcaron en un charco grande ubicado en una de las esquinas de la plaza, y que –transformados totalmente en color de tierra (lodo)- se reinsertaron al gran grupo de festejantes, pero  chorreando de barro líquido y “acariciando” con sus manos a los demás bailantes. ¿Será un símbolo de expresar su relación umbilical con la tierra?

Ser Guerrero en la vida
En todos estos tres días, la toma de mucho alcohol, como es tradición, les deja a los participantes de la fiesta en un estado excepcional, que rompe con las barreras de la realidad socialmente establecida. Aparece una realidad distinta, tapada por los bloqueos de la sociedad con su racismo, con su división de superiores e inferiores, de independencia y dependencia, etc. A gran sorpresa nuestra, salieron en minoría los acostumbrados sentimientos de rencillas, venganzas y violencias y en su gran mayoría gestos de ternura, agradecimiento, cariño, aún en palabras pronunciadas con bastante dificultad.
Con el kuchi kuchi,  este “embarramiento” oficial, se inaugura el tercer día,  aunque a nivel in-oficial –como ya mencionamos arriba- este año estaba presente durante toda la fiesta. A continuación se escenifica la lucha entre el toro-toro, el  jagua-jagua y los agueros en cual los jóvenes guaraníes lucían en su identidad de guerreros. Símbolo de la vida con su alternancia entre el disfrute de la vida y la permanente amenaza de la muerte. En esta lucha los agueros siempre son los vencidos. Culmina esta escenificación ritual con la lucha entre el toro-toro y el jagua-jagua, en la cual ambos demuestran gran destreza y coraje como guaraní guerreros. Finalmente vence el toro-toro al jagua-jagua1. Es guerrero el guaraní porque sabe interpretar la vida como una lucha permanente contra el mal, contra la amenaza, defendiendo la vida de su comunidad. Los agueros ya han pasado por esta fase pero están en estas fiestas presentes como en cierta “entre-realidad”2.., queriendo formar comunión con los vivos.
Termina la gran fiesta con una procesión que se dirige hacia el cementerio a la hora de la puesta del sol3. Allí suelen depositar las máscaras en la tumba de sus seres queridos a los que han representado en estos días. Con este hecho simbólico termina la fiesta y la comunidad vuelve a su orden establecido.
Reflexión teológica
Pero algo ha cambiado, también en nosotros, los visitantes “blancos”: volver de aquella fiesta es como volver de un viaje de un lugar donde se ha tenido una experiencia muy fuerte que le haya marcado y que desde entonces forma una parte nueva de su vida. Al volver a la cotidianidad de antes, el contexto aparentemente parece el mismo, sin embargo como persona uno vuelve cambiado, ya no es la misma: uno/a se siente renovado/a a partir de la conmemoración del verdadero orden del mundo, plasmado en el recuerdo de la creación, simbolizado en el kuruzú adornado con flores y plantas chaqueñas. A mi me habla de un símbolo de la comunidad cósmica entre humanidad y naturaleza y es símbolo de la dirección para encauzar  el caminar hacia la vida plena. También en estos tres días de fiesta, se ha transgredido la separación entre vivos y muertos para renovar  la unión entre ellos. La lucha de los agueros durante toda su vida, hace memoria de nuestra misión principal de tener que vivir y luchar como guerrero, en permanente vigilancia y entrenamiento y en permanente disponibilidad y destreza, afrontando con kereima (coraje, valentía) al enemigo que puede presentarse en cualquier momento. Los mismos guaraníes que participaron en su fiesta, afirmaron en diferentes ocasiones que esta fiesta les había renovado y  revitalizado en su identidad guaraní. No solamente simbólicamente sino existencialmente, recordando que el mundo en su origen estaba bien hecho, la humanidad en armonía con la naturaleza, con abundancia de alimentación, con orientación para caminar hacia la Tierra sin Mal, practicando la reciprocidad. Ellos han recibido una fuerza nueva a través del encuentro con los seres queridos ya difuntos. Han sacado nueva fortaleza mediante la celebración en comunidad, al bailar y danzar en ronda, al festejar y alegrarse unidos en la diversidad de razas, generaciones, géneros, caracteres y cargos. Es un tiempo nuevo, un año nuevo, dicen,  que les recrea al haber vuelto a las últimas raíces de su identidad.  Asumen la herencia de los difuntos recordando en el Areté Guazú que la vida es alegría y lucha. El Areté Guasú es celebrar la vida en esta tierra en la que caminamos y danzamos, es fortalecer la lucha como guerreros para llegar a la plenitud. El Areté Guasú es querer continuar lo que sembraron nuestros difuntos. Mientras que esta mística esté presente y se renueva año por año en tierra de nuestro golpeado Paraguay, hay esperanza de que es posible que nazca un nuevo Paraguay; ya que en sus más profundas raíces sigue pulsando la savia de guerreros militantes que luchan por mantener los sueños, su utopía,  de una Tierra sin Mal. 
Quiero terminar con una pensamiento parafraseada de nuestro amigo Patricio Guerrero: “Guerreros militantes de los sueños es una forma más de continuar nuestra irrenunciable lucha por materializar la utopía (la Tierra sin Mal) y decirles a los amos del poder, que nunca podrán hacer que dejemos de festejar, de danzar, de reír, de cantar y que a pesar de toda su violencia y su muerte, no podrán impedir el triunfo final de la comunidad y de la vida… Guerreros militantes de los sueños: corazonando desde la insurgencia de la ternura, estamos proponiendo una fiesta que está comprometida con la vida. No renunciamos a nuestros sueños, sino creemos en la posibilidad de lo imposible. Esta fiesta Areté Guazú reafirma nuestra opción de que mediante su celebración con música, danza, chicha y alegría, debemos continuar intransigentemente, militando por los sueños de la vida” .4



1 cf. El pueblo maya ma tiene la creencia de ser creados de la planta del maíz, según su mito del Popol Vuh
1 No he encontrado una explicación satisfactoria, ya que algunos interpretan el toro como la invasión de los conquistadores, pero no tiene sentido para los pueblos originarios festejar su fracaso y sometimiento a éstos.
2 cf. Ilona Christine Zindler, Máscaras y Espíritus, Asunción/Paraguay, CEADUC, 2006, 121
3 Lastimosamente no pude participar en esta última parte.
4 Patricio Guerrero, Guerreros militantes de los sueños

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